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¿UN LIBRO DE SONETOS? UN EJERCICIO INTERESANTE PARA UN JOVEN POETA DE HOY
Published 07:27 pm, 13-Jun 20

Por Ogsmande Lescayllers.

¿Un libro de sonetos? Un ejercicio interesante para un joven poeta de hoy, cuando, por lo general, todos o casi todos huyen de ellos y escapan por el ala narrativa o el verso libre que consideran más fácil. El so­neto era la prueba a la que la escuela clásica tradicional en la antigüedad medioeval y renacentista ponía a un poeta, para saber si era verdadero y no un simple versificador. El origen del soneto se pierde en la noche de los tiempos. Su ajustada medida es de 14 versos octosílabos, inicialmen­te consonantes, y luego asonantes, con cesura en la 6ta sílaba; más tarde surge el endecasílabo, con cesura en la 7ma. Aparece inicialmente en la Literatura Grecolatina, en la poesía italiana y española, sobre todo en los llamados poetas provenzales. Su origen verdadero es árabe, una especie de derivación de la jarcha y la moaxaja, que poco a poco le fueron dando sentido y contenido en nuestro idioma. Catulo, Zafo, Marcial, Anacreonte, Virgilio Marón —el de las Églogas y las Georgia—, Petrarca, Dante Ali­ghieri, Lope de Vega, Garcilaso, El Brocense, Don Luis de Góngora, Cervantes y otros, hacen las maravillas del género, también la escuela francesa e inglesa hicieron su parte. Los árabes, hebreos y en Mesopotamia: fenicios y caldeos, usaron prácticamente la misma estructura, pero, dadas las características de sus lenguas, tenían otras formas de acentuar.

Del mismo modo que el haiku o el tanka japonés, tie­nen sus formas y estructuras, la Literatura Grecolatina fue creando las suyas: cuarteta, terceto, madrigal, seguidilla, décima, epigrama, etc.

La relación entre epigrama y tanka o haiku, es muy simi­lar con respecto a la intención, que está basada en el aspecto sensorial del asunto. Desde luego, la gran diferen­cia con las lenguas asiáticas está, en que estas, por ejemplo: el japonés, el chino, el tailandés o el vietnamita, son lenguas semitonales, es decir, están medio tono por debajo del español, el italiano, el inglés o el francés. Del mismo modo que no todo el mundo puede escribir un soneto, lo mismo ocurre con el haiku, que como digo yo, dadas las caracte­rísticas de esas lenguas y la estructura de pensamiento, sólo puede ser escrito por un japonés, aunque haya quienes se atrevan a hacerlos en otras lenguas y, generalmente, hacen el ridículo. Jorge Luis Borges, Neruda y Octavio Paz, más o menos lo hicieron bien.

Edgardo Hinginio escarba en el sustrato y entra en un juego de espíritu y placer, como arrimando la antorcha de la imaginación en un ferviente escándalo de voces, enhorquetando, a veces, sílabas pares e impares, hasta entrar en el vértigo de lo vivencial, con las llamas del deseo ardiéndole. Cabalga sobre estructuras férreas, ocasional­mente en picadas, entrando y saliendo sin inmutarse, de la estructura obligada que lo condiciona. Se aferra duro, pelea con los moldes, hasta hacer parir la intención que aspira. Dice lo que quiere y pondera aquello que le viene a saga.

Bonito ejercicio ha hecho él, con el cual nos demuestra que no solo sabe versar, sino que es un poeta. Un creador que sabe cómo mover las formas clásicas tradicionales más difíciles y cabalgar en la poesía desnuda, sin los artilugios de la rima y la medida, eso sí, sin que le falte el ritmo, cosa de la que no puede carecer un verso.

Es provecho; y mucho, lo que ha hecho o ha intentado hacer este joven poeta, quizás ya no tan joven, porque la madurez le viene de los sueños y, lo que aspira le va nacien­do cada día del alma.

Como bien saben los que me conocen, pocas veces soy dado a los elogios inoportunos y a las chicharrone­rías; pero, honrar honra, y allí, cuando no hay mucho brío, siempre es bueno dejar el potro con las riendas sueltas. El ánimo y la fuerza de voluntad, han de ser, en nosotros los creadores, nuestro caballo de batalla. Vaya pues, poeta, este elogio oportuno a sus Contrapalabras hasta mejores días.


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