The Hand That Caresses Also Pulls the Trigger
En dos minicuentos de Calibre 50, Alexey Mendoza acerca la ternura al gatillo. Leerlos obliga a examinar una costumbre incómoda: buscar en el afecto de un personaje una razón para concederle indulgencia.
«Al francotirador se le humedecieron los ojos».
La frase abre «La orden», un minicuento de Calibre 50, de Alexey Mendoza. Todavía no sabemos a quién mira ese hombre. El relato nos lleva al recuerdo del nacimiento de su hijo, veinte años atrás. Durante un instante estamos en un hospital, en la noticia de una paternidad, en esa vulnerabilidad que permite reconocer a alguien incluso cuando lleva un fusil.
Luego aparece una frase que intenta acomodarlo todo:
«Pero era una orden de la Jefatura».
Ese «pero» merece que nos detengamos. Una palabra tan pequeña sostiene el peso de una obediencia. El recuerdo del hijo queda a un lado; la orden, al otro. Entre ambos, el hombre conserva el arma. El final aproxima una caricia al cuerpo de un joven ensangrentado. La ternura llega hasta allí. Su capacidad de detener lo ocurrido ha quedado en entredicho.
Después de leerlo, preguntar si el francotirador nos cae bien parece una manera de alejarnos del cuento.
Hay una pregunta más difícil: ¿qué esperábamos que hicieran sus lágrimas? Quizá confiábamos en que anunciaran una negativa, una desobediencia, algún movimiento capaz de salvar a otro. Al reconocer su emoción, habíamos empezado a construir una salida. Mendoza deja esa expectativa frente al fusil.
El relato apenas ocupa unas líneas. No ofrece una biografía que permita distribuir cómodamente las causas: la infancia del soldado, su educación, las circunstancias de su reclutamiento. Tampoco declara expresamente qué parentesco une al joven con él. La cercanía entre el recuerdo del nacimiento y la escena final abre esa posibilidad, pero el texto nos deja la responsabilidad de interpretar. La incertidumbre importa: nos obliga a advertir cuánto añadimos para explicarnos lo que leemos.
Para quien escribe, aquí hay una decisión de oficio que merece atención. Un personaje puede llorar con sinceridad y cumplir una orden atroz. Ambas cosas caben en la misma escena. Si al revisar el cuento intentáramos hacer de las lágrimas una prueba de bondad, perderíamos la tensión que lo mantiene vivo. El afecto también puede sobrevivir dentro de una conducta que quisiéramos creer incompatible con él.
Esa coexistencia cuesta más que un villano satisfecho de su maldad. Ante el villano tenemos preparada la distancia. Ante alguien capaz de recordar a su hijo y acariciar un cuerpo después de obedecer, la distancia se vuelve inestable. Reconocemos el gesto; rechazamos la acción. Y tenemos que sostener ambas respuestas sin apresurarnos a resolverlas.
Otro texto del mismo libro, «El piloto», trabaja una fricción cercana. Un hombre sobrevuela la iglesia donde fue bautizado y trata de apartarse. Recibe una reprimenda y una amenaza de muerte. La institución que reconoce como casa del Señor recibe desde el mando otro nombre: objetivo militar. El cambio de vocabulario prepara lo que viene.
Entonces leemos:
«El cura salió a saludarlo como siempre».
«Como siempre»: la familiaridad cabe en dos palabras. Hay una relación anterior a esa misión, una costumbre de saludarse que continúa unos segundos más, ajena todavía a su inminente ruptura. El cuento termina reuniendo el gesto de persignarse con el movimiento sobre el disparador. La fe permanece presente hasta ese momento. El lector debe enfrentarse a lo que esa permanencia significa.
Sería fácil convertir ambos relatos en una lección de cobardía. Pero la amenaza que pesa sobre el piloto impide despachar su situación desde la comodidad de quien lee a salvo. Hay coacción. Hay miedo. Reconocerlos permite medir el conflicto; también deja abierta la pregunta por la responsabilidad de quien actúa bajo esas condiciones. El cuento concentra esa dificultad sin resolverla por nosotros.
Ahí encuentro una razón para leer literatura que incomoda. Podemos ensayar juicios, descubrir que descansaban sobre una inferencia, volver a una palabra. En estos relatos, «pero» y «como siempre» hacen un trabajo que una explicación extensa podría debilitar. Uno introduce la obediencia después de la emoción; el otro conserva la vida cotidiana en el instante anterior a su quiebra.
Al escritor le queda una pregunta de revisión: cuando le concede un gesto afectuoso a su personaje, ¿qué cambia ese gesto en la escena? Puede revelar una contradicción, volver más dolorosa una decisión o buscar indulgencia demasiado pronto. Conviene mirar lo que ocurre después. Las lágrimas tienen consecuencias narrativas incluso cuando no consiguen modificar una conducta.
Y al lector le queda algo menos cómodo que haber conocido a un personaje «complejo»: examinar por qué una caricia casi alcanzó para tranquilizarlo.
¿Qué cambia en tu juicio cuando un personaje violento demuestra afecto? ¿Qué relato te ha obligado a revisar la simpatía o el rechazo que sentías por quien lo protagoniza? Te invitamos a compartir lecturas y a discutir esta interpretación con argumentos y respeto.
Para continuar la conversación, puedes acercarte a Calibre 50, de Alexey Mendoza, en nuestro catálogo. «La orden» y «El piloto» son dos entradas a un libro cuyos relatos breves merecen una segunda lectura: volver sobre sus palabras permite discutir también lo que nosotros habíamos puesto entre ellas.
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